
La veo llegar, con su pelo rubio, la misma cara de niña pero con aire serio. Esboza una mínima sonrisa y viene hacia mí. Es ella, la última persona que habría pensado volver a encontrar, la primera que habría deseado volver a ver. Sí, ella misma.
La Americanita.
La que me hizo perder la cabeza por primera vez, para luego hacerme ghosting y desaparecer para siempre.
Me saluda, se sienta frente a mí, en la mesa de la pastelería donde habíamos quedado. La miro, es prácticamente idéntica: misma cara de niña, mismo pelo rubio y liso, mismo físico. Solo los ojos son diferentes: antes su mirada era siempre ligera, un poco a caballo entre dos mundos, de tal manera que nunca te dejaba entender si ella estaba plenamente contigo o en su cabeza. Ahora en cambio es profunda, muy adulta, una mirada que se vela ora de tristeza ora de rabia según lo que cuenta.
Podría estar enfadado, triste, indiferente o pasando. Y sin embargo estoy feliz. Me siento extrañamente enérgico, eufórico. Siento una presión en el pecho y una vitalidad que hacía tiempo que no experimentaba. Para mí es cerrar un paréntesis que quedó abierto, quizás obtener algunas respuestas. También estoy un poco avergonzado: han pasado 5 años. Exactos: agosto fue cuando la conocí, agosto es hoy que la reencuentro. Yo he vivido innumerables vidas, de ella no sé nada. “¿Se acordará de mí?”, me pregunto. Al fin y al cabo soy un tío que salió con ella un mes, con ligereza y sin demasiada importancia.
Nuestras vidas, tres vidas después
Nos contamos nuestras vidas, las relaciones que hemos tenido, nuestros caminos. Aquí y allá surgen referencias y citas a las experiencias vividas juntos, a nuestro viaje a Croacia, al hotel todo espejos estilo set porno de Zadar, a las fotos graciosas que nos hacíamos juntos. Así que se acuerda, prácticamente de todo.
Le digo que es idéntica a como la recordaba, quizás solo los brazos están más musculosos. Le digo que antes de irme le tocaré el culo para comprobar que sigue estando firme: no he vuelto a encontrar uno tan bonito.

Mencionamos dignamente nuestras heridas. Hablamos con el mismo nivel de confianza e intimidad de cuando lo dejamos, como dos personas que se conocen de siempre. Me cuenta de su última relación, durada 4 años, en la que ha amado con fuerza y grandísimo espíritu de sacrificio (como de costumbre, no pongo detalles por privacidad).
Durante todo el tiempo, me resuena en la mente una pregunta. La misma pregunta que me he hecho durante cinco años. La misma pregunta que he esperado a hacer, hasta que no pude más:
“¿Por qué desapareciste, sin ninguna explicación?”
Le digo que es libre de no responderme, pero que si decide hacerlo debe ser sincera.
La mirada se empaña, me dice: “Contigo estaba bien pero conocí a otra persona, él me interesaba. Debería habértelo dicho. Yo tengo un perfil evitativo, hoy estoy trabajando en ello con mi terapeuta, pero en aquel momento fue más sencillo desaparecer que aclarar las cosas contigo.
Y además estaba en lucha conmigo misma, no me gustaba el contexto en el que nos habíamos conocido.”

¡Misión cumplida!
La respuesta que esperaba desde hace años
Por fin la respuesta que esperaba desde hace años. ¿Qué cambia ahora que finalmente la he tenido?
Nada.
Tenedlo en cuenta, queridos amigos que os devanáis los sesos por conocer las razones de las ruptures… No cambia nada.
Luego me pide perdón. Con mirada apenada y un poco avergonzada. Esto sí cambia un poco: las disculpas me calientan un poco el corazón, como una caricia que alivia algo que no estuvo bien.
Le mando el enlace del blog, con las historias que hablan de ella. Aclaro que no soy la misma persona y no siento las mismas cosas, que quizás he sido un poco patético pero así es. Está curiosísima por leerlas. Y yo estoy curioso por tener sus opiniones al respecto. Por cierto, hoy encuentro estridente el apodo cariñoso con el que la llamaba (“Nena Zorra”), así que he decidido renombrarla en todas las historias como Americanita (ella es originaria de… Quebec).
La conversación avanza ligera. Hablamos de mujeres, de hombres, de relaciones. Me dice que le cuesta conocer a nuevos hombres, que los que se proponen no le interesan, que le gusta un “cachas” que ve en el trabajo, etc. Yo le cuento cómo vivo hoy, de cómo hoy consigo expresar con más autenticidad quién soy, incluidas mis vulnerabilidades y de cómo esto me ha transformado en un imán (pero no con ella, me doy cuenta de que le digo estas cosas porque… no quiero que me vea todavía interesado en ella).
Le aconsejo que se instale Tinder. Ella se levanta y se sienta a mi lado, con la excusa de mirar mi perfil. Finalmente, no soportaba esa distancia. La rozo, la acaricio. Mucho menos de como haría con cualquier otra mujer, incluso recién conocida: no quiero meterle ninguna presión, hacerla escapar otra vez.

¿Casualidad o flirteo tímido?
Hablando de Tinder, le pregunto qué tipo de hombre le gusta. Y básicamente me describe a mí. ¿Casualidad o flirteo tímido?
Noto que ella todavía está hundida por su ex. Yo —aunque por fin vivo bien mi vida de soltero— tampoco es que haya superado totalmente la ruptura con mi ex de toda la vida. Podríamos consolarnos mutuamente. Así que le digo: “Me gustaría volver a verte, salir contigo.”
Ella me mira y me pregunta “¿Con qué expectativas?”
No quiero asustarla, le respondo: “no sé, yo vivo bien mi vida de soltero y de momento no busco una relación. Me gustaría pasar tiempo contigo, lo que surja surgirá”. ¿La verdad? No lo sé, ella siempre me despierta emociones muy fuertes, ¿estoy preparado para enamorarme con todo el lío que conlleva?
Ella me dice “lo pienso”. Enigmática, no he entendido cuál habría sido la respuesta correcta para ella.
Han pasado dos horas, agradables, decido irme. La saludo con afecto, la abrazo y me voy.

Vuelvo a casa, esperando en vano un mensaje suyo.
Le escribo.
Silencio.
Je je, ¡pero ya estamos acostumbrados!
Ha sido de todas formas el cierre de un paréntesis que había quedado abierto durante demasiados años.
Y sí, el culo estaba firme y suave exactamente como lo recordaba.
Lee también
Esta entrada también está disponible en:







