
En el corazón de Milán, a pocos metros del caos de los Navigli, escondido a la vista de canis y gentuza, resiste una pequeña joya: el Doping. Más club que local, más oasis que confusión, el Doping Club ha estado siempre en mi top tres de lugares especiales.
Si fuera una persona, sería un caballero ecléctico de otros tiempos, con monóculo y chistera, guantes blancos ligeramente desgastados por tantas aventuras y una maleta llena de sellos de un auténtico trotamundos. Entrar en el Doping es como cruzar un umbral: allá donde mires, aparecen baúles, lámparas, animales disecados, alfombras exóticas, baratijas valiosas, telas refinadas, restos de mobiliario vintage… hay incluso un avestruz, elegantemente encajado entre otras mil rarezas. Quizás la razón por la que siento este lugar como mío es que… me representa. Sofisticado y nunca banal, cargado hasta el exceso, rebosante de vida y hormigueante de pasiones, más allá de cualquier sentido común y equilibrio. Al igual que el Doping Club ostenta su naturaleza barroca en la meca del understatement burgués, yo me muestro alegre, auténtico y constantemente fuera de lo común. Alguien me ama. Alguien no me soporta. Me la suda: este soy yo, con mi vida, mis recuerdos y mis aventuras.
Y aquí traigo a las personas que quiero que se vuelvan especiales, esperando que —al fijarse en el local— puedan verme a mí. Aquí traje a la Americanita. Aquí esta noche he invitado a Muñequita de Porcelana: guapísima, dura y fría, pero si la aprietas demasiado… se rompe.
Muñequita es una rubia de infarto de poco menos de veinte años, con cara de buena y dulce, con dos ojos de gacela de ese azul típico del cielo de abril, un físico con curvas y delgado, y dos tetas tan perfectas (y naturales) que son la prueba de la existencia de Dios (Gödel estaría de acuerdo). Tiene una naricilla que no le gusta, pero que yo adoro sobremanera. Tiene una vocecita delicada, un poco sexy y un poco infantil. Es fuerte y frágil, fría y tierna, seductora y presa.
Muñequita es un 9,5, quizás un 10; tiene varios cientos de miles de seguidores en redes sociales, pero tiene todas las inseguridades de un 6,5. Y de hecho, cuando llega, está superemocionada. No consigue sostener la mirada, se hace la dura, pero se nota el apuro.

Muñequita tiene tres características esenciales:
1. Me gusta como no me gustaba alguien desde hace mucho tiempo.
2. Tiene mis mismos bloqueos y límites de carácter (es una “narcisista buena”). La leo como un libro abierto, la entiendo, la veo.
3. Ha sido un fracaso total: una cita preciosa, conectamos, pero huyó por… una frase equivocada por chat.
Pero vayamos por partes.
El asesino en serie, el Uber y la princesa del extrarradio
Muñequita es jovencísima. Vive con sus padres, en algún lugar del extrarradio de una gran ciudad —uno de esos sitios que, cuando los mencionas, la gente asiente educadamente y cambia de tema. Padres presentes —muy presentes. GPS activo en el móvil de la hija como un dron Predator de la CIA en zona de guerra. Toque de queda. Ubicación compartida. Cenicienta, pero con el smartphone rastreado.
En los días previos a la cita organizamos la logística —que con Muñequita es una operación militar.
Ella: “Tengo la ubicación compartida con ellos… así que si resultas ser un asesino en serie, piénsatelo dos veces”.
Yo: “Te entiendo… yo también he avisado a mis amigos: sabemos perfectamente que, de los dos, la asesina en serie eres tú. Te mando los detalles del sitio el día antes. No traigas el cuchillo”.
La broma recurrente del asesino en serie nos acompañará hasta la noche de la cita.
Ella: “¿Yo asesina en serie? Depende de cómo organices la velada”.
Yo: “No hago spoilers”.
El día anterior le mando el local. Ella —y aquí atención, porque es el primer momento en que baja la guardia—: “El sitio me inspira mucho, tengo que admitir que has acertado. Admito que tienes buen gusto, venga, pero no te flipes demasiado”.
Pero no te jactes demasiado. Bambolina en seis palabras: te concede algo e inmediatamente lo retira. Un paso adelante, medio atrás. Como una bailarina, que por cierto es (o era, hasta hace poco).
El problema de Bambolina es que está leyendo… el Libro. Ese libro que deseo leer desde hace 10 años. Y que desde hace 10 años no consigo leer, por culpa de una maldita maldición que persiste sobre este texto.
Me refiero a “Las 48 Leyes del Poder” de Robert Greene. Lo compré en 2019. La Americanita lo vio y enseguida me pidió… “¿Me lo prestas?”. Desapareció ella, desapareció el tomo.
Lo vuelvo a comprar mientras salgo con una ex histórica. Ella también se queda fascinada, se lo lleva a casa y… texto nunca vuelto a ver.
Lo compro por tercera vez pero… también aquí, una tía de la que ya ni recuerdo el nombre, se lo lleva a casa.

Este libro estimula los instintos manipuladores más profundos de las mujeres jóvenes. Y Muñequita lo aplica a rajatabla, incluso conmigo, pensando que no me doy cuenta.
Le mando un Uber —no a su casa, sino a un punto un poco más allá, porque sus padres no deben verlo. Le escribo: “Cuando estés lista para bajar, te pido el Uber para que no esperes al frío”.
Ella: “Prácticamente estoy lista”.
Prácticamente llevaba ya vestida una hora.
Interesante.
Yo: “Buena chica. Dame el ok y lo pido”.
Total black. Llega puntual. Y el hecho de que una chavala con cientos de miles de seguidores llegue puntual a una cita es —estadísticamente hablando— un evento menos probable que la aparición de la Virgen en Lourdes. Le digo “debo sentirme honrado” y lo pienso de verdad.
Luego me mira y dice algo que no me espero: “Eres guapo, tienes la cara muy bien proporcionada”.
Pausa.
¿Una 9,5 con síndrome del impostor que te hace un cumplido directo, espontáneo, sin que se lo hayas sacado con sacacorchos? No pasa. No en este universo. Y sin embargo pasa, en el Doping, un viernes noche de marzo, mientras el avestruz disecado nos mira desde arriba con su ojo vítreo y juicioso —quizás el único macho en la sala menos confundido que yo.
Tres horas y media de monólogo (brillante)
Hay un momento, en ciertas citas, en el que el aire cambia de densidad. Como si el local alrededor perdiera los contornos, los ruidos se atenuaran y solo quedarais vosotros dos en una burbuja de cristal finísimo. El Doping, con sus luces ambarinas y sus animales disecados que parecen salidos de un sueño de Wes Anderson, era el escenario perfecto para ese tipo de hechizo.
Y Bambolina habló. Habló solo de sí misma durante tres horas y media. Pero no charlaba. Bambolina se confesaba.
Me habló de sus perros —dos simpáticos trastos de tamaño pequeño, los únicos seres vivos de los que habla sin actuar. Estudia algo relacionado con los animales y, cuando habla de ello, se le enciende algo en los ojos que, en el resto de la conversación, permanece apagado: una luz de verdad, sin filtros, sin cuidar para los reels. Por un momento ves quién sería Muñequita si el mundo no le hubiera enseñado que tenía que ser otra para ser amada.
Me habló de su familia. Padres que la comparan con otro miembro de la familia. “Haga lo que haga, no es tan buena como ella”. Ese tipo de frase que, si la oyes suficientes veces de niña, se te mete en los huesos y ya no sale. Construyes tu vida alrededor de ese hueco —seguidores, colaboraciones con marcas, hombres que te adoran— y el hueco sigue ahí, idéntico, como el primer día.
Me contó que de pequeña estaba convencida de ser la protagonista del Show de Truman. A los seis años, chavales.
Y luego me contó la movida. Días antes, por chat, me lo había adelantado con estas palabras exactas: “He recibido una puñalada enorme que nunca olvidaré”. Y justo después: “Ahora tengo miedo de confiar en la gente”.
No os diré qué. No es asunto vuestro y no me corresponde compartirlo. Solo os digo esto: un hombre se comportó de la manera más cobarde posible en el momento en que ella más lo necesitaba. La dejó sola. Una de esas cosas que a los veinte años te cambian la química del cerebro, te redibujan el mapa de en quién puedes confiar y en quién no. Y el nuevo mapa, el que Muñequita dibujó después, es muy sencillo: en nadie.
A partir de ahí, todo lo demás tiene sentido. Las desapariciones repentinas. El ghosting de trece días sin una palabra. La frase en la web de citas que me llamó la atención desde el principio —le pregunto cómo se hace para no malcriarla, y ella: “Se hace, decido yo cuándo y cómo”. (Claramente la puse en su sitio enseguida; a ella le gustó y quedamos). Los tests continuos, las frases de manual (“antipática solo para quien no aguanta”, y cuando le preguntas qué significa: “si tengo que explicártelo, entonces es que no aguantas de verdad”). Muñequita no manipula —Muñequita se defiende. Con el único arsenal que ha encontrado: un libro sobre las 48 Leyes del Poder y la certeza, granítica, de que quien se acerca demasiado tarde o temprano te hará daño.
“Y sin embargo todos los tíos con los que trato se obsesionan conmigo”, me escribió una noche. Le pregunto si es eso lo que quiere.
Respuesta: “Siempre me ha encantado”.
La cosa más triste que he oído incluso antes de llegar al Doping. Muñequita existe cuando alguien la mira. Si nadie mira, Muñequita no sabe quién es. Me lo confirmó ella misma, en una noche de confesiones por WhatsApp: “Cambio de personalidad y de carácter cada vez que me decepciono a mí misma, y lo he hecho tanto que ni siquiera sé si soy una buena o mala persona”. Con poco menos de 20 años. Con el beagle durmiendo a los pies de la cama y las 48 Leyes del Poder en la mesita de noche.

Yo la veo. Yo la entiendo. Porque yo también soy así.
Digámonos la verdad: las empresas, el blog, los millones, los desafíos imposibles, los cuadritos con todas mis mujeres colgados en la pared de mi casa… son el producto de la misma y profunda base de verdad: el amor es algo que tienes que merecer, algo que tienes que conseguir siendo extraordinario. Yo, tal como soy, sin hacer nada, no merezco amor.
Mi socio siempre me dice: “Es que no te entiendo. Hablas de las relaciones como si fueran algo complicado, difícil, épico. Cuando deberían ser tan sencillas como beber un vaso de agua”.
Yo a Muñequita la entiendo, la leo, la veo. Y la miro con el infinito amor que me gustaría darme a mí mismo, con la esperanza de que curarla a ella pueda curar mi herida narcisista primaria (perdonad las palabrotas de psicólogo). Que quede claro, también deseo echarme un polvo épico, porque es guapísima, dulcísima y tiernísima. Pero no es solo eso, es mucho más que eso.

El límite
La miro.
Le digo: “No has preguntado ni una sola cosa sobre mí en tres horas y media. ¿Cómo vas a saber si un hombre vale la pena si no le haces ni una pregunta?”.
Silencio. Diez segundos. Quizá quince. Los ojos de cervatilla, de repente quietos; el procesador sobrecargado; la pantalla azul de la muerte emocional. No se lo esperaba. Nadie se lo había dicho nunca. Porque los hombres a su alrededor —los obsesionados, los que ella busca— no ponen límites. Absorben. Escuchan los monólogos. Persiguen en tres plataformas cuando ella desaparece. No dicen “oye, ¿y yo?”
Yo lo dije.
Fue un acto de amor, aunque pareciera lo contrario. Porque los límites no son muros —son espejos. Y a Muñequita nadie le había puesto nunca delante un espejo de verdad, sin filtros, sin el ángulo adecuado y la luz de Instagram.
El beso negado y la lección de hipología aplicada
Pero demos un paso atrás. En los sofás del Doping la escalada física fue natural desde el principio. Mis manos sobre las suyas, sobre los muslos, sobre el pecho —todo aceptado sin resistencia. Ella solo paraba cuando “nos ven” —el límite no era el contacto, era el público equivocado.
Luego, en el minuto diecisiete, lo intento. El beso.
“No beso en la primera cita. Al menos en la tercera”.
Stop. Releed.
Me está dejando tocarle el pecho. Mis manos están por todas partes. Y ella está perfectamente a gusto. Pero el beso no. El beso es en la tercera cita. Y en ese rechazo está todo el retrato de Muñequita en una sola regla: el cuerpo lo concede porque el cuerpo es poder, es exhibición, es “yo decido cuándo y cómo”. ¿Pero la boca? La boca es donde empieza la rendición. Es intimidad. Y la intimidad, para quien ha sido traicionado en el momento más íntimo, es el enemigo.
Mi respuesta: “Me acordaré. Te haré esperar hasta la cuarta para dejarte probar mis labios carnosos y sexis”. Gesto sicilianamente teatral de sellarme los labios. Ella se ríe. No insisto. Subo la apuesta. Subo de tres a cuatro. Póker.
Luego la llevo a casa. “Te enseño dónde vivo”. (La excusa más antigua y transparente de la historia de las excusas, y sigue funcionando cada vez —quizás porque ambas partes saben que es una excusa y les parece más elegante fingir que no lo es). Se queda con el abrigo puesto, en el sofá se sienta en el borde. Soy su primer hombre mayor; hasta hoy solo ha estado con gente de su edad.
Aquí las cosas se intensifican. Habla de esto y de aquello, apurada. Yo siento crecer una atracción increíble.
Me acerco.
La acaricio.
Subo por los muslos.
La barriguita.
Llego a las tetas.
Obra maestra de Bernini a la altura, quizás, de Teppistella.
Le toco las tetas.
Las descubro.
Las lamo.
Y aquí —aquí, queridos lectores— pasa la movida.
Cómo decirlo. Tengo la boca en su pezón. Instante sagrado. Momento de comunión carnal. Los sentidos están todos tensos hacia un único punto. La sangre ha abandonado el cerebro hacia destinos más urgentes y meridionales. Y ella —con el pecho fuera, mi lengua en su cuerpo, la situación inequívoca, indudable e incontrovertiblemente erótica— me dice:
“Sabes, lo más importante en el cuidado del caballo es el herraje”.
Levanto la mirada. Lentamente. Incrédulo como quien ve un milagro imposible.
Ella, impertérrita, continúa: “Porque si te equivocas en el ángulo del casco, luego el animal desarrolla problemas posturales y…”
Señores.
Señoras.
Señoría.
Honorable jurado.
Yo estoy lamiéndole las tetas a una de las chicas más guapas que he visto nunca, mientras ella me está dando una lección magistral sobre podología equina. Con el mismo tono con el que una profesora de veterinaria explicaría las diapositivas del módulo 3 a un aula de novatos somnolientos. Teta fuera, pezón húmedo y disertación sobre la biomecánica del casco.
Mi cerebro —o lo que quedaba de él, visto que el grueso de la sangre estaba de viaje— tuvo una especie de cortocircuito místico. Una de esas iluminaciones que ocurren una vez en la vida, tipo San Pablo camino de Damasco. Solo que San Pablo se cayó del caballo, y yo le estaba lamiendo las tetas a una que hablaba de caballos. La simetría cósmica era casi demasiado perfecta.
Lo entendí todo en ese momento. No era aburrimiento. No era desapego. No era ni siquiera —como podría haber sido— una pasión genuina por la podología equina que simplemente no podía esperar. Era control. Puro, cristalino, absoluto.
“Mi cuerpo lo tienes. ¿Pero mi cabeza? Mi cabeza sigue siendo mía. Mientras tú me deseas, yo hablo de caballos. Porque si también mi pensamiento estuviera aquí, contigo, en este momento, significaría que me he rendido. Y yo no me rindo.”
Es la versión sexual de las 48 leyes del poder.
Es la 49ª ley, nunca escrita, de Robert Greene: Ley 49 — Cuando te laman las tetas, habla de cascos.

Un oxímoron.
nunca ser un caballero
Será que me gustaba mucho ella. Será que me vi muy reflejado. Será que para mí el sexo ya es una commodity, no me interesa necesariamente vaciarme las pelotas, quiero ser visto, valorado, conectado. Será que soy un gilipollas (y, bueno, en esto estamos todos unánimemente de acuerdo) pero no hice lo que debería haber hecho: sacarme la polla y metérsela en la boca mientras me hablaba de caballos.
Preferí posponerlo para un momento posterior de conexión total. Cerré yo la velada: “Vale, me gustaría tenerte aquí toda la noche, pero es tarde para ti; te pido un Uber”. No esperé a que fuera ella quien lo dijera.
Ella, nada más subir al coche, me escribe enseguida: “No soy una niña que se duerma tan pronto”.
Quiere chatear, quiere escribir, quiere hablar de la velada.
Yo quiero irme a la cama quedándome con su sabor en los labios.
Yo: “No, eres una princesa que tiene toque de queda. A la cama”.
Ella: “Princesa siempre, pero no se me da muy bien seguir órdenes”.
“Algunas son más peligrosas que otras”, me escribe poco después. Y luego: “No estés tan seguro. Al final te acabo sorprendiendo”.
En el chat, esa noche, el juego era perfecto. Push-pull calibrado. Tono paternal pero con colmillos. Funcionaba. Y cuando funciona, cuando estás en racha, cuando todo fluye —ahí es el momento exacto en el que cometes la cagada.


Dada su postura de supermujer que no besa, que no se entrega, que ejerce las leyes del poder… quise vacilarla un poco. Le dije que la mantendría como amiga.
Una gilipollez. Quizás un paso en falso. Pero que en ella —tan aterrorizada por no gustar— detona como un quintal de dinamita.
Desaparece.
No responde más.
Me disculpo.
No me responde.
Archiva mis chats.
Podría perseguirla.
Podría comportarme como esos hombres obsesionados con ella que tanto le gustan.
Pero no tengo ganas.
Muñequita me gustaba a morir. Me gustaba de una forma primitiva y total que no sentía desde hacía tiempo. La entendía. La veía. Reconocía en ella mis propios mecanismos, mis propias corazas, mi propia hambre de miradas disfrazada de seguridad. Éramos dos narcisistas buenos mirándonos al espejo sin saberlo.
Pero no puedo estar con una persona que desaparece durante trece días sin decir ni una palabra y luego vuelve como si nada. No puedo construir algo con alguien que acepta mi cuerpo pero rechaza mi boca, que recibe mi atención pero no devuelve ni una sola pregunta, que quiere ser adorada pero no sabe estarse quieta lo suficiente como para dejarse amar.
Hablemos claro: no quiero en mi vida a una persona que se ofende por media frase, que desaparece sin dar explicaciones.
Yo le había dicho, semanas antes: “Si pones demasiadas barreras, obtienes lo que en economía se llama selección adversa. Los únicos que siguen saltando por tus aros de fuego son los peores. Una persona que vale la pena se larga antes”.
Pues eso. Profecía autocumplida. Ella me hizo un ghosting táctico. Yo me largué definitivamente.

Epílogo (sin epílogo)
Quizás Muñequita se quedará para siempre en aquel viernes noche en el Doping —las luces ambarinas, el avestruz disecado, sus ojos de abril, la disertación sobre el herraje equino con las tetas fuera. Un fotograma perfecto, suspendido en ámbar como esos insectos prehistóricos que encuentras en los museos: precioso, intacto e irremediablemente detenido en el tiempo.
A ciertas personas solo las puedes ver pasar como cometas preciosos: te quitan el aliento, te iluminan la noche y luego desaparecen en la oscuridad. Y tú te quedas ahí, mirando hacia arriba y con el corazón un poco más grande que antes.
Muñequita, estés donde estés: mucha suerte. De verdad.
Y aprende a besar en la primera cita. La vida es demasiado corta para dejar las cosas buenas para la tercera.
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