
3 de octubre de 2025. Un terremoto sacude Milán: una palpitante serpiente de jóvenes se agita por la ciudad gritando “Palestina Libre”. Cada paso hace temblar la tierra; una ola ansiosa de cambio se irradia por las circunvalaciones milanesas, suscitando indignación entre las señoras enjoyadas y temor en la policía. Hay enfrentamientos; algunos escaparates son destrozados. A la cabeza de la manifestación está Teppistella, esta casi dieciochera idealista, dispuesta a repartir golpes con tal de defender a los débiles, estén donde estén en el mundo.
Y ahí está, media hora después, dirigiéndose hacia mi casa y viniendo a mi encuentro.
La veo llegar a lo lejos. Vaqueros azules de campana, sudadera anudada a la cintura, bandera de la paz envuelta como una túnica sobre el pecho. El rostro ennegrecido por los enfrentamientos. Y en la mano un asta el doble de alta que ella, con la inscripción “Free Palestine”.
La Atila del norte de Milán, terror de escaparatistas y desesperación de sargentos, me reconoce y me sonríe… tímida. Cada vez que me mira… ¡se derrite! Parece un pingüino tierno. Este es el poder del amor: transformar incluso a Stalin en un gatito. Pero ella no puede demostrarlo, no puede darme esa satisfacción, tiene que ser dura y fuerte. Si intento siquiera empezar a decir la palabra “Amor” desaparece durante un día entero. Por eso tengo que tachar la palabra. Si le digo que la quiero, peor aún, desaparece durante una semana. Si intento hacerle un regalo, ¡me bloquea durante un mes!
Con ella hay que disimular, fingir que te es indiferente, porque no puede aceptar que alguien realmente se preocupe por ella. No se fía, no se lo cree, no quiere ilusionarse con la enésima persona que debería cuidar de ella y en cambio le hace daño.
Enseguida se recompone, me besa rápidamente y empieza —eufórica— a contar la increíble batalla recién ganada. Nueva Che Guevara, solo le faltaba el puro en la mano para estar plenamente en el papel de la intelligentsia revolucionaria.
Esta noche le había prometido que la llevaría a cenar. Pero a fuerza de pisotear agentes indefensos de la policía, ha destrozado los zapatos. Distrayéndola con preguntas sobre técnicas de guerrilla, consigo llevarla con engaño delante de una zapatería. Se convence finalmente de coger un tacón, el más barato que hay, al precio de una pizza y media, porque ni de broma acepta un regalo con ligereza. Significaría deber algo, estar atada… y la libertad es su cifra estilística existencial.
Nos dirigimos hacia mi loft y distinguidos cincuentones nos miran con simpatía, expresando solidaridad. Piensan: “¡Qué buen padre que acompaña a su hija a la manifestación!”. Dentro de mí me doy cuenta de que tengo que dejar de salir con jovencísimas y asentarme con veinteañeras más maduras. Pero allí arriba, en lo Alto (desde Norteamérica), me mira Leo y me sonríe. ¿Y quién soy yo para contradecir a DiCaprio?
Teppistella: la revuelta callejera
De vuelta en casa, le doy de comer. Ella está exhausta pero está felicísima de salir finalmente conmigo, en una cita de verdad. Nos conocimos en Tinder meses antes; nos hemos visto varias veces a ratos, encuentros breves, en general en público. Es pequeña, con ella voy despacio. Será Che Guevara, pero es un Che Guevara que se rompe con un palito de pan, tierno como el atún del anuncio.
Esta es nuestra primera velada. Así que, a pesar de estar agotada por 30 kilómetros de manifestación y lucha urbana, se prepara saltando para nuestra cita. Se limpia el maquillaje de camuflaje de guerrilla, se ducha para borrar la suciedad y la memoria de las porras. Sale del baño, cubierta solo por una toalla. La miro.
Joder, qué buena está. Resplandece como un rayo de luna en una noche oscura.
Con esos ojos claros, entre el cerúleo y el gris, profundos como la Blue Lagoon de Comino. Una sonrisa sincera, que cuando se abre brilla con calor y energía.
Altura calabresa pero formas rusas. (Sí, también tiene orígenes del este, y de vez en cuando le sale un alma que no es milanesa en absoluto. Cuando se enfada con el hermano o con el perro, arranca en ruso, y yo al otro lado del teléfono pienso: es sexy incluso cuando grita en cirílico. Quizás sobre todo cuando grita en cirílico.)
Estoy enamorado del pecho de Teppistella. Desafía las leyes de la gravedad. Es de una belleza impresionante. Es su arma secreta que usa contra mí: a veces me pesa demasiado la dificultad de verla, sus cambios de humor y de interés y yo… me enfríe. En estos casos, ella envía enseguida el vídeo con las tetas fuera. Yo sé perfectamente que me está manipulando y usando. Pero amo demasiado ese pecho y vuelvo a ella como una polilla busca el fuego que la quemará. Y mientras escudriño los contornos de la toalla, noto que Teppistella tiene un pecho maravilloso, el más bonito, a la par del de Bambolina di Porcellana.
Mira, según yo la representación más fiel del paraíso es mi rostro apoyado en el lugar más suave donde poner la nariz: entre las tetas de Bambolina y Teppistella. La rubia y la morena me acarician mientras me duermo, chupando los pezones de ambas.
Dios, después de un minuto se convertiría en la definición de Infierno, sabiendo cómo esas dos se las darían de santa razón. Una que quiere ser admirada, la otra que me quiere solo para ella.
Porque, por mucho que Teppistella se haga la guay distante y moderna, es una celosa de cojones.

El arte de los celos
Teppistella nunca dice “estoy celosa”. Sería demasiado simple, demasiado directo, demasiado descubierto. Teppistella hace de Sherlock Holmes. Cada vez que publico una historia en un lugar nuevo —y publico, porque El Magnífico es muchas cosas, pero discreto no— ella analiza el fotograma para ver si hay competencia femenina, con una precisión forense que haría envidia al RIS de Parma.
Ella: “Siempre con una tía, ¿eh?”
Yo: “Tú qué sabes.”
Ella: “Se ve en el vídeo.”
Yo: “¿Pero dónde?“
Ella: “Están las botas.”
Ella: “Y el bolso.”
Ella: “Y ahora un abrigo.”
Yo: “Albornoz.”
Ella: “1+1 son dos, y cambiando los sumandos el resultado no cambia.”
La propiedad conmutativa de la suma aplicada a los celos. En clase probablemente duerme durante las matemáticas, pero cuando se trata de desenmascarar mis frecuentaciones femeninas se convierte en Arquímedes de Siracusa con la lupa.
Otro caso, el 07-12-2025, el día después de publicar una historia con una modelo:
Yo: Guapa, ¡te echo de menos!
Ella: ¡Pues vete con tu modelo!
Yo: Luego hablamos
Ella: Pues mira, no hay nada de qué hablar
Los celos de Teppistella nunca son declarados. Siempre están disfrazados: la tía “se droga”, la modelo “vete con ella”, las tonterías que hay que dejar. Nunca dice “estoy celosa.” Dice cosas que SIGNIFICAN “estoy celosa” pero que le permiten negarlo si se la confronta.
Y los celos son el arma que usa para valorar mi interés. A la primera inseguridad suya, ahí aparecen sargentos, improbables pretendientes a 12.000 km de distancia. La última vez cometí el error de invitarla a casa mientras todavía estaba montando la pared con las imágenes IA de las chicas del blog. Su cuadro, el más grande de todos, aún no había llegado. Así que entra en casa y ve a todas estas chicas colgadas. No ve colgado su cuadro. Hace como si nada.
Al día siguiente se enfría, reactiva el perfil de Tinder, se geolocaliza en mi calle (1 km de distancia), pone entre las fotos del perfil una foto nuestra juntos y confiesa en la bio que tiene debilidad por los sargentos… ¿Cómo no enternecerse? 🙂
Confieso que a mí me gusta ponerla celosa. Se lo merece: podría ser suyo, bastaría con que ella alargara la mano y me cogiera… pero ella tiene sus problemas que le hacen emocionalmente complejo cada vez verme. ¡Ah, Teppistella, venga ya! Compra un bonito anillo, ponte de rodillas y hazme la propuesta. Mira que acepto…

Mi relación con ella
Teppistella es la única persona en el mundo con la que, ni por un instante, sale una pizca del Magnífico. Cada intento de impresionarla cae en el vacío. Ella no quiere al Magnífico, sino a Paolo el payaso. Ese que se burla de ella, que la hace reír, que la hace pensar “¡pero cómo puede tener 40 y pico años este tío que siempre dice estas gilipolleces!” Ella hace emerger mi lado más payaso.
La quiero y —dada la diferencia de edad— me sale natural intentar ayudarla, darle consejos, resolverle los problemas. Pero no, ella siempre tiene que parecer conmigo súper adulta e independiente.
Digamos que Teppistella no está acostumbrada a que alguien cuide de ella. Tiene sus problemas, que la mitad bastarían para llevar a una persona ordinaria a autocompadecerse. Y, en cambio, su único foco es… preocuparse por los demás.
Es una líder nata: si alguien necesita algo, ella ya está ahí cuidando. Cuida y protege al hermanito como una madre, gestiona y cuida de la madre, se hace cargo de la tía, es el punto de referencia de amigos y familiares. Es ese tipo de persona que, si ve a alguien por la calle que necesita ayuda, interviene. No solo eso, si le faltan personas que salvar, se interesa por las causas más absurdas y lejanas: Palestina, los niños que mueren de hambre, la discriminación de los albinos en Burundi…
Vosotros lo sabéis, yo tengo el complejo de la Enfermera. ¿Pero cómo vas a ser Enfermero con una que es la mezcla de Che Guevara y Madre Teresa de Calcuta?
No por casualidad, el personaje del blog que más le ha impactado es… Tornado Azul.
De día estudia; por la noche trabaja para no depender de nadie. Hace de camarera o algo así.

Nuestra velada
Vale, está cubierta solo por una toalla delante de mí. Enseguida voy a lamerle los pezones, mientras mi mano baja acariciándole el culo (magnífico, recomendado por el Magnífico).
No tenemos tiempo, se viste. Saca de la mochila gastada un vestido de noche. Se lo pone.
Es una pequeña diosa.
Guapísima.
Súper sexy.
Mujer y niña a la vez.
Se mira al espejo.
Le gusta lo que ve.
Yo me acerco por detrás.
Le rodeo la cintura.
Ella apoya su cabeza en mi hombro.
Nos miramos al espejo y estamos guapísimos.
Querría que este momento durara una eternidad… pero tenemos que irnos.

La llevo a un sushi con estrella, una experiencia que ella nunca ha vivido y que se merece.
Llegamos al restaurante. Ninfetta empieza a escribir.
A ver, si habéis leído Aquella vez que hice como DeSica, recordaréis que esta cita es un encaje de bolillos entre una semana con Ninfetta y Piccolina. Ninfetta se ha marchado a Alemania hace apenas unas horas. Digamos que Teppistella siempre elige el peor momento para verse, cuando tengo la agenda a tope. Y estoy dispuesto a hacer malabarismos poco óptimos con tal de buscarle un hueco.
El problema es que este lío viola la Ley del Primo (es decir, mi primo el sabio siempre dice: “deja siempre 24 h de distancia entre tías, porque son un caos y acaban solapándose“).
Esa grandísima cabeza de chorlito egoísta de Ninfetta ha conseguido —como siempre— liar las cosas. No solo ha ignorado mi consejo de partir un par de horas antes, en vista de una huelga internacional. Sino que también ha perdido el tren de conexión entre aeropuerto y casa. Me escribe que está perdida en una estación en medio de la nada, en un tren casi vacío, entre extracomunitarios y gente poco recomendable.
¿Qué debería hacer?
Me molesta, me pesa, pero —aunque esté con Teppistella— me toca escribir, organizar, comprar billetes, coordinar.
Entendéis que esto es devastador para una persona que está convencida de no merecer suficiente amor. Resuelto el problema, la velada continúa agradable.
Volvemos a casa.
Sofá.
Mimos.
Ella se derrite.
Yo me derrito.
La deseo.
Empezamos a besarnos desenfrenadamente y justo en el mejor momento, en el instante en que estoy a punto de liberar al Real Pájaro… Ninfetta llama.
¡Pero joder, puta mierda, maldita sea, viene del mar Dios cantante!
Respondo.
Arreglo la emergencia.
Teppistella sonríe nerviosamente, diciendo “Estoy cansada por la manifestación, quiero irme a casa.“
La entiendo.
Y bueno, los meses pasan, han pasado muchas cosas, nos escribimos todos los días, hemos hecho un escape room divertidísimo… pero ese momento se ha ido.
¿Habrá otros?
Teppistella es escurridiza, quién sabe. Quizás es un capítulo que se cierra. Quizás un nuevo libro que se abre. Ya veremos.
Mientras tanto, queridos lectores, ¡recordad siempre la Regla del Primo!
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