Un Porsche negro circula a 220 km/h por la Milano-Torino. Los demás coches se apartan rápidamente, sin siquiera esperar el parpadeo de las luces largas. No temen al bólido lanzado a alta velocidad, sino a su conductor: un tipo con una sonrisa de oreja a oreja, que canta a pleno pulmón y baila con la misma convicción que Gigi Dag en la consola. Ese tipo soy yo. Una inusual euforia me invade...
