Tired of Boys? Try a Man!

Piccolina

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Ilustración de Piccolina - portada del relato

Aquí aparece durante los canónicos 5 minutos diarios de swiping en Tinder. Piccolina, 21 años, aunque aparenta muchos menos (17 como máximo). Jovencísima, piel clara, facciones delicadas con rasgos centroeuropeos. Un rostro de niña enmarca una mirada sexy, generando un contraste ontológicamente imposible, pero que en ella cobra vida con una gracia extraordinaria. Es una guarrilla: el mundo lo ignora, yo lo sé, ella lo descubrirá conmigo.

Es un mico, pero tiene una gran presencia escénica: imagino su figura esbelta y grácil entrando en una habitación y dejando a la multitud en un suspiro. Al conocerla, con el tiempo entenderé que Piccolina es un concentrado de energía, una especie de plutonio enriquecido cuyas radiaciones –igualmente letales– son amor puro.
Las fotos son muy particulares: en una es una top model, en otra la vecina adolescente de al lado, en otra es una bailarina india toda engalanada. Y, de hecho, en la descripción profesa amor por las danzas de Bollywood.
¿Qué cojones son las danzas de Bollywood?“, pienso. No importa, ahora que sé que existen, ¡tengo que probarlas! Ya lo sabéis: soy un bailarín prestado al mundo de los negocios, un delicado danzarín atrapado en el cuerpo de un estibador, macho pero macizo. De hecho, los héroes de las películas de Bollywood son tan improbables que hasta yo podría resultar creíble por fin, quizás con un buen bigote al estilo de mi padre. Dadme un poco de rímel, una camiseta de rejilla que deje entrever mi velludo pecho, unos pantalones anchos vaporosos y… ¡Roberto Bolle, quítate de en medio! Aquí llega el Magnífico en versión india.

Recuerdo fotográfico de Piccolina
Bholliwoodianamente Magnífico

Yo también quiero hacer danzas bollywoodianas“, le escribo impulsivamente. Empieza una intensa y brillante conversación en la que me cuenta sus sueños. Vive en la ciudad de la Americanita pero pronto se mudará a Milán para estudiar diseño de moda. Sueña con convertirse en directora creativa, teniendo una marca propia. Dice una frase muy mía:

El pajarillo con la grandeza de Napoleón

“Quiero que la gente lleve mis sueños y se sienta en un sueño.”

Este pequeño petardo de mirada dorada irradia ambición y grandeza al igual que Salomón, mi Jack Russell que se creía un león.

Es hiperambiciosa, convencida de su futuro éxito. Más tarde, cuando nos frecuentemos, me dirá yo ganaré mucho más dinero que tú. Y te contrataré en mi corporación.
Yo: Ah, gracias. ¿Y para hacer qué, el general manager?
Ella: “No, para traerme el café, darme besitos y hacerme masajitos en la cabeza”.
Ah, pobre Magnífico, ¡Sic transit Gloria Mundi!

Foto con Piccolina
Piccolina en su carrera

Y luego el golpe de efecto: busca una relación seria. A los 21 años, sin haber vivido nunca. Y me pregunta: “¿No serás de esos que buscan relaciones raras, qué sé yo, tipo abiertas?

Momento capturado con Piccolina
¿Quién, yo?

Bueno, el chat se traslada a Instagram. Espumosos, danzamos juntos sobre las emociones, entrelazando risas en un continuo reverberar de sintonía y mutuo provocarse

El chat toma un giro surrealista de inmediato. Ella me dice que hasta que no nos conozcamos en persona, no puede saber si soy el tipo adecuado. Yo le respondo que por lo que sé, podríamos incluso discutir furiosamente en el primer encuentro. Ella contraataca: me propone una patada voladora como método de evaluación de la compatibilidad. Yo le digo que en caso de pelea tendré que cubrirla de flores y escribirle una nota de disculpa, y ella admite que ni siquiera sabe si es capaz de hacer las paces, pero quiere intentarlo. Luego se preocupa de que la patada voladora podría hacerle más daño a ella que a mí.

Bastó una conversación para entender que Piccolina era una mezcla explosiva de ternura y locura, de esas que te proponen hacer artes marciales y luego se preocupan por si se rompen una pierna. Una que admite no saber hacer algo y, acto seguido, quiere intentarlo de todas formas.

La primera cita: dos horas de tren para mí

Hablamos durante unos días y luego decidimos vernos. Vendrá expresamente a Milán por mí, con dos horas de tren. Decido premiar su curro llevándola a las termas.

La recojo en la estación y es amor a primera vista. Tiernísima, sonriente, un poco avergonzada. Lleva uno de sus vestiditos, bastante corto. En el coche me coge la mano, entre los muslos, cerca de la ingle, pero bien distanciada. Me pregunto si es para mantenerme lejos de su lugar sagrado o para acercarme.
Llegamos a las termas.
Confieso un poco de vergüenza de estar con una chica de 21 años que a todos les parece una adolescente de 17.

Momento íntimo con Piccolina

Han pasado 4 meses desde aquel momento. Mientras escribo, Piccolina está tumbada desnuda en mi sofá, con un plug anal de cola de conejo, recuperándose tras una intensa sesión de sexo. En el suelo, el disfraz de colegiala. Mis recuerdos de entonces son tiernos, felices y confusos.
Dentro de mí estoy alegre y triste a la vez: alegre por estos 4 meses intensos de relación, triste por la certeza de que hemos llegado al final. Pronto saldrá de mi vida, generándome ese Frontal Crash descrito en un admirable post de un foro de seducción. Irónico, tengo una biblioteca de más de 1.000 libros y las iluminaciones más altas las he encontrado… en el más cutre foro de Caracas. Estoy un poco triste por este amor, sofocado por su incapacidad de aceptar una historia abierta. (ndFilippo: Corrige en “sofocado por mi incapacidad de amar”)

Pero volvamos a lo nuestro. Esta es su primera vez en las termas, pero, al fin y al cabo, lo bueno de tener 21 años es que todo es una primera vez. Ella explora las piscinas, los chorros, las burbujas. Mis manos exploran sus caderas, su culo, la parte interna del muslo.
Nos besamos, bajo la mirada indignada de las señoras convencidas de que me estoy aprovechando de una menor. Las miro con una sonrisa maliciosa, esperando que mi mirada de pillo las transporte a recuerdos de un pasado muy lejano, en el que zorreaban alegremente.
La discusión prosigue tierna y dulce, entre abrazos y caricias.
Ella habla, habla.
Mis manos se meten bajo los bordes del bañador.
Ella habla, habla.
Mis manos la acarician en el punto más sagrado.
Ella sigue hablando, fingiendo que no pasa nada, pero abre las piernas, arquea la espalda y sonríe con 152 dientes: la excitación sexual se estrella dentro de su cuerpecito como una ola contra las rocas.
Está empapadísima, la guarra.
Nos quedamos un poco más, luego la llevo a casa.
La alimento.
Nos tumbamos en el inevitable sofá, promiscuo testigo de mil encuentros.

El rollo que no era solo un rollo

Reflexiono sobre lo que me ha contado antes. Tiene muy poca experiencia sexual. Nunca se ha corrido. Dice que siente dolor durante la penetración. Fue desflorada por un gilipollas de 50 años que no se detuvo ante su “¡me haces daño!” sino que empezó a abofetearla diciendo “así, así no sientes dolor en el coño“.
No, mi prioridad hoy es su placer.
No la penetraré. Hoy me limitaré a acariciarla, mimarla, lamerla.
Se corre.
Por primera vez en su vida, con un hombre.
Intento mostrarle que el sexo es placer, no dolor (si no es en mínima parte). Que es respeto y altruismo, no llenar agujeros para correrse.
Es un juego de complicidad, no una violencia.
La mimo un poco más y la llevo de vuelta a la estación.
Vuelvo a casa con la polla dura, pero feliz.

Foto de recuerdo de Piccolina
Niña, te he querido desde el primer abrazo.

Así empieza esta relación, que ha sido más que una simple relación: una de las dos historias abiertas (MLTR, como dicen los milaneses), una mujer que he amado.

Ilustración artística de Piccolina

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