Tired of Boys? Try a Man!

¡El _umarell_ del sexo!

¡
Ilustración del Umarel del sexo - portada

Bajo de la lancha auxiliar y me dirijo a grandes zancadas hacia la furgoneta negra. Mi invitada y mi ordenador nuevo me esperan allí dentro. Cristales tintados, no veo quién hay dentro. Le hago una seña al chófer, abre la puerta de la furgoneta y ahí está ella, Ninfetta. La chica baja ágilmente, me mira un momento y se me echa encima: “ ¡Eh, no eres tan viejo! ¡Eres joven!. Continua, besándome: “You are pretty!“. Y me llena de besitos.

Imagen del relato del Umarel del sexo
Así.

Yo: ¿¡Guapo?! ¿¡Solo guapo?! ¡Soy precioso!” respondo besándola. Continúo: “You had very low expectations if you say so“.
No, it is the first time I go with an older man, I did not know what to expect“. Tiene 19 años, el hombre mayor con el que ha estado tenía 30. Yo rondo los 44 largos.

“Estamos apañaos”, pienso. Desde luego, es una chica valiente por meterse 1500 km de vuelo para conocer a un tipo quizá demasiado viejo. Luego descubriré que también sufre ataques de pánico ocasionales: es interesante cómo consigue salir de su zona de confort sin dejarse condicionar por su estado.
La observo con atención:
Ninfetta tiene una tez clarísima que tiende al rosa, rasgos dulces capaces de enamorar al instante. De padre griego y madre ucraniana, con una cuarta parte italiana por su abuela paterna, sublima lo mejor de la civilización occidental en un aspecto dulce y cautivador. Imaginad un mar de miel doradísima, cuyos reflejos te invitan a zambullirte: ya sabes que te ahogarás, hundiéndote en esta melaza que te entrará por la boca y te quitará el aliento… pero decides tirarte de todos modos.
Así es ella.
Lo que hace a Ninfetta irresistible son sus ojos: un destilado puro de juventud, inocencia, ternura y amor. Un color muy particular: una base de agua de las Maldivas que se funde con un cielo gris uniforme, intercalado con reflejos color miel. “No, otra de ojos color miel no”, ¡pienso!
Es una cría, 19 años decíamos, cuya piel expresa toda la juventud e ingenuidad de esa edad. Un relleno en los labios añade una nota de sensualidad a este cuadro 100% natural, un toque de experta en mamadas que amplifica aún más la potencia de este mix irresistible. En el brazo izquierdo, el tatuaje de un animal feroz, en el centro la palabra “ARTE” y a la derecha, en rojo, una frase sobre la energía divina femenina.
Ahí está: la araña ha tejido su tela: han pasado 20 segundos desde la primera mirada y yo ya estoy perdido y prisionero. Mi polla marca las doce como las estatuas de Dina y Clarenza en la catedral de Messina.
Ya estoy enamorado. Lella comentará cínicamente después: “Vaya, has batido el récord de los 5 min🤭”.

Escena del relato del Umarel del sexo

De la guerra al velero

Historia interesante: ha tenido una vida acomodada en Ucrania hasta el estallido de la guerra. A partir de ahí, la familia se rompe: ella, su hermana y su madre pueden dejar el país en cuanto mujeres. El padre consigue marcharse gracias al pasaporte griego. El hermano, en cambio, no, aún está allí en el frente, en la zona más peligrosa (cerca del Donbass). Todos sus amigos varones se han quedado en Ucrania. Viven en Kiev: muchos alistados, otros corren el riesgo de estarlo a la primera ocasión. Me cuenta que un amigo suyo de Kiev fue a hacer la compra, fue detenido por los gendarmes y mandado directamente al Donbass.
La guerra rompe la familia no solo físicamente, sino también afectivamente: el padre es filorruso, la madre es ucraniana y… no pueden más que separarse. Ella vive con la madre en Alemania; el padre vuelve a Grecia. Solo ahora, después de muchos años de guerra, parece que están intentando reunirse.
Yo pertenezco a esa generación nacida en los años 80 que ha vivido gran parte de su vida sin contacto con la guerra. Para esta chica, que ha vivido a pocos km de mí, la guerra es drama. Para su hermano, es la posibilidad de morir cada día.

Vale, volvamos a lo importante, es decir, a lo guarro.
Llevo nada menos que 20 días sin follar: en los últimos cinco años nunca había pasado un periodo tan largo sin hacerlo. En el barco, su presencia me enciende. La juventud es un afrodisíaco embriagador. Ella es muy física, exactamente como yo. Pasamos todo el tiempo en contacto constante: Ninfetta me coge la mano, yo le acaricio los muslos, ella apoya la cabeza en mi hombro, yo le beso la frente. Estamos con otras personas, así que intentamos contenernos, pero el contacto es continuo. Es muy, muy cariñosa: algo que no me esperaba de una persona recién conocida. De vez en cuando alargo las manos, con cuidado de que no me vean los demás, pero mantengo un perfil bajo dada su juventud. Mientras esperamos la cena, subimos al flybridge, es decir, el techo del catamarán desde donde se pilota la embarcación. Le aprieto el cuello –sí, me había confesado que le gusta que la estrangulen–, la beso, deslizo lentamente mis dedos dentro de sus bragas. Está mojada, la rozo, juego con ella, luego salgo y continúo la conversación.
Cenamos y a la primera oportunidad damos las buenas noches a todos. Son las 21:00, nunca he dado las buenas noches tan pronto pero… tengo demasiadas ganas de follar con ella.

Ilustración artística del Umarel del sexo

La llevo abajo al camarote, ducha rápida y aquí estamos desnudos en la cama.
Es muy joven, así que la tranquilizo: “es la primera noche que estamos juntos, tenemos que conocernos, pasemos un rato mimándonos y, si surge algo, bien; si no, pues nada”. Durante el día le he dicho varias veces que mi objetivo es que ella esté bien, que puede decirmi cualquier cosa y que no tiene que tener miedo a decepcionarme. Piccolina, la otra chica jovencísima con la que salgo, me ha contado cosas muy feas sobre cómo se relacionan a menudo muchos «maduritos» (incluso de cincuenta años) con estas chicas. Con la excusa de la inexperiencia, del «tienes que aprender», las tratan con una violencia que no me gusta nada. Como aquel gilipollas de cincuenta años que, al penetrar por primera vez a Piccolina, ante sus gritos de dolor y su petición de que parara, empezó a darle bofetadas diciendo: «así no sientes el dolor ahí, sino en la cara». ¡Qué asco! Si es cierto que cada momento íntimo es un momento de responsabilidad, con una chica jovencísima lo es aún más. Intento enseñarles cómo debe comportarse un hombre de verdad y, a menudo, después les explico qué deben exigir cuando están con un hombre. Son unas crías.

Imagen del relato del Umarel del sexo
¡Y ahora verás al viejito!

El Umarel se pone en posición

Bueno, tras este momento de publicidad institucional sobre la función social de mis polvos, volvamos a lo nuestro.
La tumbo suavemente en la cama, le quito las bragas, la miro a los ojos: nunca he visto nada más tierno y dulce. Llevo unos diez minutos a su lado, hablándole, lamiéndole las tetas, haciendo que se sienta lo más cómoda posible. Finalmente me pongo encima de ella, la beso, bajo dulcemente por su vientre. Bordeo el ombligo, cruzo –cual nuevo Magallanes– el monte de Venus y llego a pocos centímetros del clítoris… luego me muevo a la izquierda, alejándome por la parte interna del muslo. Vuelvo a bajar, llego casi al clítoris… lo sobrevuelo rozándolo solo con mi aliento, aterrizo al lado y me alejo por la parte interna del muslo de la otra pierna. Finalmente bajo, llego al clítoris. La miro a los ojos: “¿Viejo, has dicho?”… sonrisa de cabrón y empiezo a lamerla y succionarla.
Se sobresalta, se estremece, da un brinco.
Vibra, tiembla, se espasma.
Se agita, se entrega, se contorsiona.
Se debate, menea las caderas, se irradia.
Se descompone, se despeina, burbujea.
Se enardece, se inflama, se galvaniza.
Sobreviene, llega, y finalmente goza.

Imagen del relato del Umarel del sexo

Entre un adverbio y otro, mi mirada asoma preguntando educadamente sobre la ausencia de dolor o molestia… y obtengo como única respuesta sus manos empujándome con fuerza hacia abajo para lamer, succionar, desnectarizar.
Parecería, y lo digo con la inverosímil pero real modestia de un personaje del libro Corazón, que soy un excelente lamedor. Es algo que siempre me sorprende: tengo poquísima práctica, no se la lamo a ninguna excepto a las menores de 23 y a contadas excepciones.
Mi exmujer decía a veces “solo sirves para echar babas“. ¿Que fuera un cumplido incomprendido?

Bueno, ahora, si me permitís, es el momento de hacer disfrutar a mi Augusto Augello, rigurosamente condonizado.
Dejemos a un lado las descripciones sexuales, ya que alguna lectora tiquismiquis de más de 30 me acusa de hacer erotismo de baja estofa, cual nuevo Mr. Grey de los pobres.
Solo os digo, mis queridos amigos, que nada es más bello que mirarla a los ojos mientras la penetro. Su dulce carita irradia pureza genuina, expresando ese sublime que tanto intenta recrear todo artista.

Después de 50 minutos, me ruega que le conceda una pausa.
“Je, je, ¿quién es el viejito ahora?”
Sí, perdón, dice que con su ex de treinta años lo hacían como mucho un par de veces por semana y con una décima parte de la intensidad.
Vale, me apiado de ella.
La mimo dulcemente hasta que se queda dormida. Permanece constantemente en contacto conmigo: las piernas cruzadas, el rostro apoyado en mi pecho.
A mí me gustaría mucho dormir.
Pero no puedo.
No me he corrido.
Su culo de mármol me llama.
Me porto bien.
Resisto.
Me acuerdo de que tengo que portarme bien.
Vuelvo a resistir.
Finalmente, después de dos horas la despierto.
Y lo mismo hago dos horas después.

Al día siguiente se queja: “Oye, habíamos dicho 4 veces al día como máximo”.
La miro, sonrío, y mi mirada sonriente se dirige al infinito, como uno de esos viejitos que admira las obras con satisfacción.
¡Soy el umarel del sexo!

Imagen del relato del Umarel del sexo
Captura de pantalla de conversación del relato del Umarel

Consideraciones del Umarel en frío

Consideraciones en frío.

De Ninfetta adoro su dulzura, su ingenuidad, su ternura. Hoy es el primer día sin ella y echo de menos sus mimos, su culo firme y esa mirada sincera y pasional.

Por lo general, no tengo un feeling especial con las ucranianas. Como habéis visto en la historia del Cicisbeo, encuentro un poco anticuada su visión de las relaciones hombre/mujer, donde el hombre provee en todo y la mujer se concentra únicamente en estar guapa y en ocuparse de la casa y la familia. Con Ninfetta, en cambio, conecté enseguida. Pensaba que ella era diferente. Pero luego la realidad llamó a mi puerta. Es otra historia, con un ministro, un novio fantasma y un emir.

Segunda ilustración para el relato del Umarel

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