
A pesar de que este blog es todo un discernir de mamadas, plugs anales y contorsionistas bisexuales… mis lectoras son muy, muy románticas.Al punto de lograr mirar más allá de la superficie de las cosas y leer directamente en mi corazón.
La Innominata para mí fue importante y esto no se le escapó a Giulia: la más romántica de mis lectoras románticas. Hace pocas horas, me escribió toda preocupada por su desaparición del blog.

Media hora después me escribe también Contessa, otra romanticona: mencionada varias veces en este blog, pero nunca objeto de una historia. Y precisamente por eso me escribe, para echarme la bronca. Digamos que es un romanticismo autorreferencial, pero tiene su punto.

Traduzco y explicito el subtexto para quien no entiende el aristocratés: «Oye, te he visto 4 veces y, a pesar de que te has portado como un imbécil, te he dejado incluso una romanticísima carta de despedida sobre la mesa. ¿Y tú… no escribes de mí? ¡La próxima vez, te lo meto yo el plug anal!».
La Innominata me gustaba mucho (si no te acuerdas de ella, reléete la historia).
La segunda cita estuvo marcada por el sexo y la conexión, hasta el punto de hacerme decidir quedar con ella de forma estable, varias veces por semana.
Claramente, justo después de vernos, ella desaparece durante un día entero (como de costumbre). Imagino que se habrá ido por ahí a pillar polla.
Yo sigo con mi vida, veo a otra, no la tengo muy en cuenta en los mensajes. Ella obviamente se vuelve a acercar. La vuelvo a invitar para la tercera cita, el jueves.
Le pido que venga vestida con su máximo nivel de zorrerío. Adoro a las mujeres libres, provocadoras, descaradas, conscientes de su propio poder y deseosas de sexo.Las respeto profundamente, las venero, las encuentro un don de Dios. No aprecio en ningún ámbito la moderación, el compromiso, el equilibrio. En el arte prefiero el rococó a la aburrida armonía del neoclásico. Amo la música clásica, pero mejor si está re-versionada en clave metal con guitarras eléctricas.
Llega. Le abro la puerta en delantal, con la cuchara de madera en la mano, dado que estaba cocinando.
Cada vez que nuestras miradas se cruzan es alegría desde lo más profundo del corazón. Entra a casa a pasitos, gorjeando alegre. Al final de cada frase, repite siempre «¡Qué tonta!». Es una cosa estúpida, pero a mí me encanta. Y esto me hace entender que ella me gusta bastante.
Abre el abrigo: medias de rejilla, minifalda con abertura inguinal, sujetador push up y blusa transparente.
Se disculpa: «Había decidido venir en ropa interior, cubierta solo por el abrigo. Pero, como nos conocemos poco, no estaba segura de si sería oportuno».

«Te juro que si lo hubieras hecho… me habría puesto de rodillas y te habría pedido que te casaras conmigo», respondo, imitando el gesto.
Continúo, riendo: «Has hecho mal en decirlo y no hacerlo… has perdido el efecto sorpresa y el matrimonio».

Le dejo colocar sus cosas en el armario de la entrada y corro a dar la vuelta a la carrillera en la sartén, antes de que se queme.
Ella se acerca, mirándome fijo a los ojos.
Se sube la falda, de modo que me permite admirar los motivos geométricos que las medias de rejilla dibujan en su culo.
Me aparta el delantal.
Baja los pantalones con fuerza.
«Quiero demasiado chuparte la polla, ¿puedo?» dice, con un tono muy aristocrático, a lo Bridgerton.
No tengo tiempo de pronunciar palabra que mi pene recibe contrita devoción y sincera veneración.
Alzo la cabeza hacia arriba, como raptado por la devoción celeste.
Mientras tanto Salomone, mi perro salido, se entromete metiendo el hocico en la red de las medias, feliz de no ser por una vez alejado… La Innominata está encantada.
Hay quien lo chupa por profesión, quien lo elige para dar placer… La Innominata ni lo uno ni lo otro, ella lo hacía por vocación.
Yo, entre el éxtasis y el asombro, admiro la escena sonriendo, aún con la cuchara de madera en la mano y dejando la carrillera a dorarse crepitante, como un alma condenada entre las llamas del infierno.
Mientras chupa, me mira directo a los ojos. Hay tanta pureza en su mirada, como zorrerío en sus labios. La definiría un “oxímoron viviente” si no fuera que no hay ningún contraste entre estas dos almas: son la una el natural complemento de la otra.
La Innominata es Mujer, en el sentido más pleno de la palabra.
Su rostro es de una belleza desarmante, cuando disfruta es poesía viviente.
Siento un fuerte sentimiento por ella.
Cenamos.
Le pregunto: «¿Qué piensas de nuestra relación?».
Ella: «Me gusta muchísimo que cocines, que te preocupes por mí. Si tengo que encontrar algo que no va es que… en los mensajes somos fríos, no nos demostramos interés, todo lo contrario de cómo somos en vivo. Cada tanto tú desapareces, parece que no te intereso».
Quizás también yo me comporto como ella. Al final somos muy parecidos.
Respondo:
«Te digo la mía. No por crítica ni por juicio, pero he notado este esquema comportamental tuyo: yo puedo amarte así de mucho» imito con las manos una línea imaginaria de unos 50 cm «mientras que tú, en este momento, puedes soportar solo así de amor» imito 5 cm, «pero, cada vez que yo te doy lo que puedes soportar, te desalineas. De hecho, al día siguiente desapareces y vas a buscar pollas por ahí».
Ella insiste en no haber buscado otras pollas, dice que no ve a nadie, bla bla bla.
Yo, tranquilo, replico:
«Pero mira que no es una crítica o una acusación. Déjame terminar el discurso. Si tú buscas pollas por ahí o desapareces, a mí me sale espontáneo hacer lo mismo y buscar tías. Porque tengo miedo de quedar como un tonto. Solo que luego, cuando estoy con estas chicas, pienso: “¿Tiene sentido?”. Me parece que estoy bajando el listón de este modo. Me gustas, de verdad me gustaría vivirte plenamente».
Y aquí añado una cosa que nunca habría pensado decir, si no bajo la amenaza de un arma o constreñido por la asunción de drogas:
«Estoy pensando, por mi parte, en no ver a otras».
Después de un momento de reflexión, añado: «Claro que si te doy la exclusiva y tú te tiras a otros… me siento mal y soy yo el que me desalineo».
Ella: «Pero claro, tienes razón en no querer que yo folle por ahí, no tiene sentido, sería bajar el listón. De todas formas, yo te aseguro que no me tiro a nadie».
Perfecto, pienso. Pero luego concluye el discurso así: «Tranquilo, ¡si me tiro a alguien te aviso!».
¿?

¡¿Si me tiro a alguien te aviso?!
¡¿Pero estamos hablando en serio?!
Rebatir sería una pérdida de tiempo.
Entiendo que no quiere saber nada. Y ni siquiera tiene el coraje de explicitarlo.
Bueno, hagamos lo que sabemos hacer mejor: follamos. Pero yo esta vez estoy bajo de tono, porque pienso “Si la follo mal, la pierdo” y… y obviamente se me amansa mientras tanto. No enseguida, después de unos diez minutos, pero en general poco antes de que ella pueda venirse.
Entiendo el mensaje que me manda Yogi Tsuro, mi pene gurú:
“Amigo, no podemos vivir así, con miedo”.
En mi interior decido que no tiene sentido hacer all-in, dedicarme solo a ella, no ver a otras, si no es esto lo que ella desea. No está lista/interesada en darme lo que busco y no tiene sentido quererla transformar. Tomo lo que puede ofrecerme, sin demasiadas expectativas y sin demasiados problemas, continuando mirando a mi alrededor para encontrar a una persona que valga el all in.
Me repito a mí mismo: “Con ella estoy bien, me da mimos y sexo estelar… me la quedo así, hasta que dure y hasta que me aburra o encuentre algo mejor”.
Mentiras.
La verdad es que me gusta.
Me gustaría jugármela en serio esta partida con ella.
Pero tengo miedo.
Un miedo tremendo.
Miedo de acabar arrollado por un tren.
De todas formas, con el nuevo mindset la velada vuelve a ser perfecta: follamos bien, pasamos el resto del tiempo juntos como novios. Se irá al día siguiente después de comer.
Después, obviamente, desaparece.
Obviamente yo veo a otra chica, la CalabraTransgresiva (escribiré un relato en breve sobre ella).
Tengo las pelotas completamente vacías, estoy satisfecho con la Innominata, ¿por qué demonios veo a otra? Quizás porque la mujer que me interesa está por ahí con alguien y yo no quiero ser menos.
Con la Innominata habíamos quedado en que pasaríamos el sábado juntos, organizando algo durante el día. Solo para no estar siempre encerrados en casa follando y quizás hacer también otra cosa, como un paseo con el perro.
A las 12:00 reaparece. Intercambiamos mensajes sobre cosas triviales, finalmente le pregunto;

Sigo pensando que no tiene particular ganas de verme y por lo tanto le ofrezco varias oportunidades para anular la cita (tanto más que, después de las consideraciones de los días precedentes, mi humor hacia ella no es muy positivo).

En el audio me dice «Mira, ahora son las 13:00, duermo una horita y luego me preparo para ir a verte». Le digo «Ok, cuando te despiertes llámame y nos organizamos».
Fuera hace un sol precioso y yo tengo ganas de dar un paseo.
Bien.
Pasan las horas y… se hace presente a las 18:00.
Claramente, yo me dediqué a mis asuntos. Paseé al perro y no dejé que ella me condicionara.

Se había dormido bla bla bla, “mando un email y me preparo” y — como es buena costumbre cuando se tiene que ver conmigo — se pone un poco zorra para que la perdone:

A las 20:30 está lista, maquillada, pero me manda un vídeo mientras mima al perro.
Luego se pone a discutir con los suyos por algunas cosas legales (admitiendo que sea verdad) y bla bla bla.
En la práctica llega a mi casa a las 22:30, con 7 (¡siete!) horas de retraso.
¡Siete!
Es un comportamiento inaceptable: he mandado a la mierda a gente por mucho menos.
Normalmente la habría mandado a casa a patadas… ¿por qué ahora no lo hago? ¿Por qué estoy tranquilo?
En ese momento pienso que sé lo que está sucediendo: cada vez que recibe amor, ella se desalinea y empieza a portarse como una imbécil, debe mandarlo todo a la mierda, para perder el respeto de mí y no dejarse involucrar por la relación. Por lo tanto, está resistiendo de todos los modos posibles el venir hoy.
La cosa no me afecta, pero claramente me aburre.
Me pregunto “¿Pero vale la pena?”.
El cerebro sugiere follármela por un tiempo y luego dejarla en paz.
El corazón no responde: sabe que el cerebro puede hablar cuanto quiera, pero al final es él quien decide.
Claramente la consideración por ella está en mínimos históricos… y se nota. Llega a mi casa.
A ella le encanta que yo cocine para ella. Esta vez no he cocinado, pero pido a Deliveroo. Pongo en la mesa una botella de champán llena a la mitad, que había abierto la noche anterior con la otra tía.
Ella está muy cariñosa, yo un poco más distante, pero no resentido.
Mientras está a punto de sentarse a la mesa, ve en el suelo un envoltorio. Lo coge, me lo muestra y dice «Este es el envoltorio de un preservativo».
¡Ejeh!

Yo miro el envoltorio, la miro a ella, miro al perro y digo:
«Salomone, ¡tienes que dejar de esconder los envoltorios y desenterrarlos después de semanas!»
Ella me mira poco convencida, jajaja, yo sonrío como quien está haciendo una travesura y se empeña en subrayarlo.
Continuamos cenando alegremente, luego le digo:
«De todas formas sí, ayer me tiré a una».
Ella: «Has hecho bien, quiere decir que lo necesitabas».
Yo: «No, he hecho mal. No me interesaba nada de ella, me interesas tú. El motivo por el que me la he follado es que me asusta dejarme llevar totalmente contigo. Me gustas mucho, pero no sé si puedo fiarme de ti».
Continuamos la charla en el sofá.
Se sienta y encuentra otro envoltorio de los condones usados ayer.
Me lo enseña.
Yo pienso que tenía razón mi ex cuando decía que debería ser más ordenado, jajaja.
Le digo: «Nena, tú das dos pasos adelante y uno atrás. Mira hoy. Es evidente que no estabas convencida de venir aquí»
Ella: «Pero no, si estoy aquí es porque quiero, si no no habría venido».
Yo: «Sé que te hace ilusión estar aquí, pero es la misma historia de siempre: si te doy demasiado amor tú te bloqueas.
No es un juicio, cada uno tiene sus cosas. ¿Según tú por qué la otra vez perdía la erección? Porque he pensado “Si no la follo bien, la pierdo”. Y mi pene ha respondido “Y entonces mejor perderla enseguida”».
Ella: «Pero no, pero qué quieres decir, yo estoy contigo porque me haces estar bien, porque me gustas, no solo por el sexo. Por lo tanto, está ok si alguna vez no me follas bien».
Me río por el “alguna vez”.
Dios mío, si no acabo en terapia con ella no acabo con ninguna.
Insiste: «Esta noche nada de sexo, no tengo ganas. Solo mimos».
Yo: «Bueno, en realidad te lo habría propuesto yo, no tengo ganas de follar».
«Y me lo creo, te habrás vaciado bien ayer, con la tía» reitera ácida.
Yo me río con ganas y ya sé que después hará de todo para violarme.
Y de hecho no pasan 2 minutos que dice «Ok, esta noche no se folla, pero necesito chupártela».
«Que así sea», concedo magnánimamente.

Es muy cariñosa, divertida y con las justas maneras. Me gusta mucho.
Ponemos la música, cantamos juntos, bailamos con el apartamento iluminado por la luz flúor, nos reímos, nos fumamos dos porros.
Me gusta demasiado esta chica.
Ni de coña que la dejo de lado.
La quiero.
La amo.
Se lo digo también.
Y follamos.
El pene está duro como la roca.
La conexión está por las nubes.
La intensidad es máxima.
Hacemos una cosa que no habíamos hecho nunca.
A pesar del modo en que ha ido luego a parar, quiero que siga siendo una cosa solo nuestra.
En ese momento esperaba que fuera la prueba de que finalmente se estuviera dejando llevar por la idea de enamorarse.
“Seguramente no se desalineará más.
Seguramente se portará bien, de ahora en adelante.
Nada más jueguecitos” pensaba.
Y en cambio no, en el próximo encuentro se irá todo a la mierda.
También por culpa mía.
Todas mis teorías eran equivocadas.
¡¡Pero hablaremos de ello en la próxima entrega!!
(Perdona Giulia ;))
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