
Lavezzi. Guijarros que pesan toneladas, aplastados unos sobre otros por un gigante niño aburrido, delimitan una bahía de ensueño. En el centro, mi catamarán, plácido y feliz, resuena con música dance. En el centro del catamarán, yo con mi Mac. Pensativo.
El viento acaricia mi cabello, desciende por mi piel y… lentamente me disuelve. Como si estuviera hecho de arena, un granito a la vez. Cada granito es un recuerdo, una emoción, una conquista, una herida, una risa, una lágrima, un momento. Castillos de arena: eso es lo que somos.
Así me siento hoy. He visto una historia suya, con otro. La Torre Eiffel de fondo. París, la ciudad que —antes de mí— había evitado visitar porque “es la ciudad adonde iré solo con el hombre de mi vida“. Es la ciudad adonde fue conmigo, por primera vez. Y hoy es la ciudad donde está con otro.
Y, que quede claro, estoy feliz por ella. Me tranquiliza que esté con alguien. La quiero, creo que es mejor para ella. Todo ha ido como debía ir y está bien así.
Lo que me disuelve es el avance de la Nada.
La Nada de La Historia Interminable. Ese vacío que todo fagocita y borra, que devora Fantasía y contra el que el joven Atreyu combate.
¿Cómo puede algo tan intenso, verdadero, profundo, visceral… ya no estar? ¿Cómo puedes serlo todo para alguien y —justo al día siguiente— nada? ¿Cómo puede alguien que ayer era tu respiración, tu frecuencia vital, la luz que iluminaba el mundo y te lo hacía ver… hoy ser poco más que un extraño?
El viento insiste, delicado, en disolverme. Empiezo a ver más allá de mi brazo.
Me vienen a la mente los primeros momentos juntos, cuando bailaba medio desnuda en casa, con las uñas flúor y un body supersexis. Recuerdo la sonrisa, la primera de mil otras, y esa luz en los ojos. Luz que me hago la ilusión de no ver en las fotos de ahora pero… qué importa. Sabéis, ya ni siquiera recuerdo cómo son sus rasgos.
Pienso, mientras la pierna ya ha desaparecido.
Pienso que es extraña esta vida, donde todo poco a poco se disuelve. La amistad de 30 años con Masino, borrada por una inseguridad de la mujer.
Una gran conexión y un sentimiento con la Roja, borrados de la noche a la mañana hace pocos días. El último amor sentido.
Y sobre todo, todo lo que he sido. Todo lo que he sentido. Todos los sufrimientos y las felicidades, las cimas y los abismos. Todas las emociones y los sentimientos. Y finalmente él, el cabrón: el Amor.
Todo se disuelve. Ella no es lo que era. Nosotros ya no somos lo que éramos. Y mucho menos yo soy lo que era. Castillos de arena, todos.
Me cuesta teclear: he perdido el índice izquierdo y el meñique derecho.
Me esfuerzo como puedo por terminar la frase, por dejar un último rastro de esta vida antes de ser engullido en la Nada.
Desde siempre el hombre se pregunta: “¿qué quedará de mí cuando ya no esté?”. Al fin y al cabo, el arte, las grandes hazañas y los monumentos no son más que una tirita impotente frente a esta herida.
Pero incluso mientras vivimos, después de unos meses, todo cambia.
¡Ya está, por fin lo he entendido!
Por fin he encontrado la soluc ó . Espe o que la mano me resi ta
La Ver d d es que, al fin l, el s nti o del Am r es simplemente F w y ! …
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